Había una vez un monstruo triste llamado Mike. Mike vivía en una cueva oscura, solitario y sin amigos. Siempre estaba triste y aburrido, sin nada que hacer.

Un día Mike decidió salir de su cueva y ver la luz del sol. Se asomó y vio un campo lleno de flores y una pradera verde.

Mike se sintió atraído por el hermoso paisaje y decidió salir de su cueva. Caminó lentamente, respirando el aire fresco y disfrutando del sol cálido.

Cuando llegó al campo, Mike vio a una niña jugando sola con una pelota. Mike se quedó quieto para no asustarla y observó en silencio.

La niña se dio cuenta de que alguien la estaba mirando y, a pesar de que estaba un poco asustada, se acercó a Mike.

—Hola —le dijo con una voz dulce—. ¿Quién eres?

Mike estaba tan emocionado de conocer a alguien que se le olvidó que era un monstruo y se presentó.

—Hola, soy Mike.

La niña sonrió y le dijo que se llamaba Clara. Los dos se hicieron amigos y Mike le contó a Clara sobre su vida solitaria en la cueva.

Clara le dijo a Mike que le enseñaría a jugar con la pelota. Entonces juntos empezaron a jugar y Mike descubrió que podía divertirse.

Mike y Clara se volvieron mejores amigos y pasaban mucho tiempo juntos jugando al fútbol, saltando la cuerda, construyendo castillos de arena, corriendo a lo largo de la pradera y muchas otras cosas.

Después de un tiempo, los demás niños del pueblo se enteraron de que había un monstruo que jugaba con Clara. Al principio estaban un poco asustados, pero pronto vieron que Mike era un buen amigo y se volvió parte de la comunidad.

Mike estaba muy feliz de tener amigos. Se había dado cuenta de que la amistad era la mejor forma de ser feliz.

A pesar de todo, Mike aún tiene que pasar mucho tiempo en su cueva y a veces se siente un poco triste. Sin embargo, ahora que tiene amigos, sabe que siempre habrá alguien para recordarle que siempre hay alguien que se preocupa por él.